1 de Noviembre de 2026
Proclamación del Reino:
Las Bienaventuranzas
Lo siguieron grandes multitudes procedentes de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Él tomó la palabra y se puso a enseñarles así:
Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.
Dichosos los que sufren, porque ésos van a recibir el consuelo.
Dichosos los sometidos, porque ésos van a heredar la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.
Dichosos los que prestan ayuda, porque ésos van a recibir ayuda.
Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.
Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.
Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía.
Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.
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Dios no es insensible al sufrimiento
Si algo aparece claro en las bienaventuranzas es que Dios es de los pobres, los oprimidos, los que lloran y sufren. Dios no es insensible al sufrimiento. No es apático. Por eso, el futuro proyectado y querido por Dios pertenece a quienes sufren, porque apenas hay un lugar para ellos en la sociedad.
Son bastantes los pensadores que creen observar un aumento creciente de la apatía en la sociedad moderna. Nos mantenemos lo más lejos posible del dolor.
Por otra parte, la organización de la vida moderna parece ayudar a encubrir la miseria y soledad de las gentes, ocultando el sufrimiento. No es frecuente encontrarse de cerca con el rostro perdido de un hombre marginado. No tocamos la soledad y la desesperación del que vive junto a nosotros.
Hemos reducido los problemas humanos a números y datos. Contemplamos el sufrimiento ajeno de forma indirecta, a través de la pantalla televisiva. En medio de esta apatía social se hace todavía más significativa la fe cristiana en un «Dios amigo de los que sufren», un Dios crucificado, que ha querido sufrir junto a los abandonados de este mundo: el Dios de las bienaventuranzas.