La pérdida del hogar produce un inmenso dolor, destroza y marca de por vida. Se pierde salud mental y también física
En cierta ocasión me decía una madre que tenía una orden de desahucio, con lágrimas en los ojos y balbuceando qué le iba a decir a sus hijos para decirles que tenían que abandonar su hogar, dejar su escuela de toda la vida y alejarse de sus amigos y amigas. Con una voz rota y desgarradora nos decía: Pero ¿Qué les digo? Dime ¿Qué les digo?.
No supe responder.
La experiencia personal y desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de acompañar a familias en los procesos de desahucio está marcada por el dolor que las víctimas sienten y que expresan como pueden entre sollozos y balbuceos. Es un dolor desgarrador que les rompe la vida y que no les permite mirar a sus hijos e hijas porque tienen el convencimiento de que les dejan sin futuro. En cierta ocasión, una madre me decía con lágrimas en los ojos que cómo le iba a explicar a sus hijos que tenían que abandonar su casa, irse de su colegio y alejarse de sus amigos y amigas; que cuando sus hijos le preguntarán el porqué no sabía qué les iba a responder.
La muerte de Maricarmen, esa gran mujer luchadora de 87 años desahuciada de su hogar en Madrid, nos ha conmocionado en lo más profundo de nuestro corazón y es el reflejo de una sociedad donde el dinero se ha convertido en idolatría y en su altar sacrificamos vidas humanas, sobre todo, de los más vulnerables. Enseguida han saltado los adoradores del dinero lanzando su odio y desprecio contra Maricarmen porque ha luchado por su hogar en una zona de Madrid que se considera de rentas altas. Decían despectivamente de una manera resumida: ¿cómo una mujer pensionista que paga 500 euros y no puede pagar más pretende quedarse en esa vivienda? Fuera, vividora y vete a una zona más pobre, que es donde te corresponde.