25 de Octubre de 2026
Evangelio según MATEO 22, 34-40
Los fariseos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se congregaron y uno de ellos, que era jurista, le preguntó para ponerlo a prueba:
-Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
-Él le contestó:
-«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este es el mandamiento principal y el primero, pero hay un segundo no menos importante: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los profetas.
Es difícil aceptar que Dios ama.
¿Cómo lo podremos decir hoy a las víctimas de las guerras, a los que mueren de hambre en África, a los empobrecidos españoles…?
En el amor de Dios se cree, se cree mirando a Jesús. En Jesús conocemos cómo es Dios. Vemos cómo es Dios viendo a Jesús jugarse el prestigio por los marginados de su tiempo. Más difícil aún vivir en el amor en un mundo de extraños, competidores… Para entenderlo bien, es imprescindible mirar cómo lo vivió el mismo Jesús: imperturbable servidor de todos los humildes, arriesgado sanador, recuperador de los despreciados, rompedor de tabúes a favor de extranjeros, marginados, mujeres,,..
Más difícil aún celebrar la eucaristía con quienes están dispuestos a acoger en ella verdugos y cómplices de injusticias. La radicalidad de Jesús fue precisamente una toma de postura radical a favor del que sufre y en contra del que hace sufrir. Y no hay mayor sufrimiento que perder la vida, no hay víctimas más víctimas que los inocentes que son privados de los más básicos derechos.
No cabe duda, que esos son los primeros que deben ser amados, defendidos y amparados, y que, si hay quienes no los consideran primeros en ese amor, defensa y amparo, esos tales padecen una profunda obcecación, que les hace confundir gravemente los criterios del evangelio, subordinándolos a otros criterios lejanos, ajenos, e incluso opuestos a los valores y criterios de Jesús.