Casas sin gente, gente sin casa

Evaristo Villar Villar

Las tiendas de campaña devuelven a las plazas una pregunta que las instituciones no pueden desalojar: ¿cómo construir una vida cuando resulta imposible encontrarle sitio?
Una ciudad de tela frente a la ciudad de ladrillo
De noche, las tiendas parecen pequeñas preguntas iluminadas. Alrededor permanecen los edificios, las ventanas, las puertas: toda esa arquitectura de la permanencia que quienes acampan contemplan desde la intemperie. Han levantado una ciudad de tela para denunciar que la ciudad de ladrillo les cierra el paso.
Las acampadas de España y Portugal tienen un eco en los Países Bajos, aunque con otro formato. En Ámsterdam, la organización De Regenboog Groep convocó para el 5 de octubre una protesta simbólica con 130 tiendas iluminadas contra el sinhogarismo. Su programa preveía desmontarlas esa misma noche: una acción temporal, distinta de las acampadas prolongadas. La tienda comparte, sin embargo, un lenguaje: hacer visible a quien carece de hogar.
La paradoja merece atención: hemos desarrollado casas inteligentes y todavía no sabemos garantizar que las personas puedan habitarlas.
La causa y sus maneras
Es necesario distinguir qué se denuncia y cómo se protesta. La carencia de vivienda asequible exige respuesta. Las agresiones, amenazas o destrozos, cuando ocurren, merecen rechazo. Una causa justa pierde fuerza moral cuando maltrata a otros.
También sería una trampa utilizar esos comportamientos para desautorizar a todos los manifestantes o esconder la necesidad que los reúne. Condenar una agresión no resuelve la falta de vivienda; defender una causa justa tampoco justifica recurrir a la violencia.
La democracia necesita escuchar y poner límites con proporcionalidad. Le corresponde proteger simultáneamente la protesta pacífica, la seguridad y los derechos de los demás. Una tarea más exigente que repartir etiquetas desde una tribuna.

Imprimir PDF