UNO DE MAYO desde un pueblo de Zamora
Evaristo Villar

El río Negro baja con ganas de contar algo. La iglesia del siglo XIII mira la plaza como quien ha visto ya demasiadas mentiras como para asustarse de una más. Es 29 de abril. Dentro de dos días será 1 de mayo, y aquí no habrá manifestación porque las calles son más bien curvas. Pero eso no significa que no pase nada.
Marta limpia casas en Bilbao. Lo hace con las manos y con una forma de ordenar que no se enseña en ningún curso. Sabe que el desorden de los demás suele ser un mapa de sus vidas, y ella, sin saberlo, actúa como una archivadora silenciosa: devuelve cada cosa a su sitio como quien pone en su lugar una palabra mal dicha.
—Hay una casa, la de una señora mayor que ya no ve bien —dice—. Cuando termino, ella pasa la mano por las superficies y sonríe. Dice: «Marta, ahora respiro mejor». Eso no está en mi contrato —no tengo contrato— pero está en algún sitio más importante.
Esa es la parte que no se ve: que limpiar también es despejar la ansiedad ajena, poner un poco de orden en el caos cotidiano. Marta se emociona cuando, al volver una semana después, la señora mayor le ha dejado un vaso de agua fresca y una magdalena. No paga las magdalenas la Seguridad Social, pero sostienen el alma.

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