La gran contradicción moral de España y de Europa
Evaristo Villar
La valla y el espejo
Amanece en Ceuta. Al otro lado de la valla, un grupo de muchachos espera en silencio. No gritan. No llevan banderas. Sólo una mochila, una botella de agua y esa mezcla de miedo y esperanza que empuja a cruzar desiertos, mafias y fronteras. Frente a ellos, guardias, concertinas y protocolos. Detrás quedan el Sahel, las guerras olvidadas, el hambre, el cambio climático y la ausencia de futuro.
Entre ambos mundos apenas hay unos metros. Pero esos metros separan hoy dos maneras de entender la civilización. Porque el verdadero muro no está en Ceuta. Está en nuestra cabeza.
La mentira útil
Hay mentiras que no triunfan porque sean verdaderas, sino porque resultan extraordinariamente útiles.
La mayor de nuestro tiempo consiste en presentar la inmigración como el gran problema de Europa cuando, paradójicamente, constituye una de las condiciones de su supervivencia.
España envejece a gran velocidad. Tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo. El Banco de España, la OCDE y la Comisión Europea coinciden en que la aportación de la inmigración resulta decisiva para sostener el crecimiento económico, el mercado laboral y, a medio plazo, el sistema público de pensiones. Basta recorrer la recolección de nuestros campos de cultivo, los invernaderos de Almería, los hoteles de la costa, los hospitales, las residencias de mayores o las obras de nuestras carreteras y ciudades para comprobarlo.
Necesitamos inmigrantes. Pero hablamos de ellos como si fueran un problema del que hubiera que defenderse. Ésa es la paradoja.