Mire bien vuesa merced, que esos de Ceuta no son gigantes, son niños
Evaristo Villar
Aquel día llegaron don Quijote y Sancho Panza a la Carrera de San Jerónimo. Apeáronse frente a los leones y dejaron a Rocinante y al Rucio atados a sus patas de bronce.
—Mire vuesa merced —dijo Sancho— que estos leones parecen mejor mantenidos que nuestras bestias.
—Calla, Sancho, que son guardianes encantados de la fortaleza del reino.
—Pues roguemos que no desencanten, señor, que bastante fiera viene ya la cuenta de la cebada.
Entraron en el hemiciclo durante una sesión extraordinaria. Al contemplar el barullo, Sancho se santiguó.
—Válame Dios, que esta sala tiene más voces que gallinero en tiempo de zorra, y todos parecen pedir la gallina para su olla.
—No es hora de refranes, Sancho, sino de desfacer entuertos.

Disputaban sus señorías sobre la acogida y distribución entre las comunidades del reino de los menores llegados a Ceuta. Unos hablaban de solidaridad; otros, de dineros; otros, de derechos humanos. Algunos exigían arrojarlos sin más a la frontera. Todos decían defender algo, aunque enseguida iba desapareciendo bajo cifras, competencias y reproches.
Don Quijote se encrespaba por momentos. Sancho, que conocía aquellas señales, le puso una mano sobre el brazo.