Cuando los misiles desfilan, el Corpus pasea pan

Evaristo Villar Villar

Hay fiestas religiosas que hoy parecen reducidas a folclore, postal turística o nostalgia de infancia. Y luego está el Corpus Christi, esa celebración desconcertante en la que la Iglesia saca a la calle un trozo de pan bajo palio mientras el mundo se rearma, las democracias se erosionan y los mercados pesan más que los parlamentos.

Visto el panorama, la escena tiene algo de provocación. Mientras los imperios contemporáneos juegan al ajedrez con países enteros y las oligarquías financieras convierten la dignidad humana en variable económica, los cristianos insisten en que lo más importante del mundo cabe en unas manos, en trozo de pan. ¡Y puede comerse!

El contraste no es decorativo. Es teológico y político. El Corpus afirma lo contrario de lo evidente: el sistema dice que sobreviven los fuertes; el Corpus coloca en el centro algo frágil, vulnerable y compartido. Un pan que no se impone. Un Dios que no aplasta. Mientras las naciones exhiben misiles, el Corpus pasea pan. La comparación resulta casi ofensiva para la lógica contemporánea.

 

La nueva religión mundial: dinero, ruido y banderas

Vivimos tiempos de liturgias alternativas. Ya pocos creen en la salvación, pero muchos creen en el mercado. Las antiguas procesiones han sido sustituidas por la adoración de índices bursátiles, algoritmos y líderes convertidos en influencers de la indignación permanente.

Las instituciones internacionales se debilitan, las democracias retroceden y la política se transforma en marketing emocional, bronca televisiva y cálculo electoral. La mediación ya no cotiza. Escuchar al otro parece ingenuo; la moderación, sospechosa.

En ese contexto, el Corpus aparece como una reliquia incómoda. Porque el Corpus Christi exige lo contrario de lo que ignora la (in)cultura actual: detenerse, compartir, sentarse juntos, reconocer que nadie se basta a sí mismo. León XIV lo expresa en la reciente encíclica Magnifica Humanitas: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (MH,1). Babel no ha desaparecido: ha cambiado de idioma. Ahora habla inglés financiero, militar y digital. Y además, genera beneficios.

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