17 de mayo de 2026
Evangelio según MATEO 28,16-20

Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. Al verlo se postraron ante él, los mismos que habían dudado.

Jesús se acercó y les habló así:

—Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra.  Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad.

La Ascensión es un relevo La acción salvadora de Jesús pasa a los cristianos y a la Iglesia. Así aparece especialmente en san Lucas: Somos los testigos de Jesús hasta los confines del mundo. Para esta misión nos capacita el Espíritu. La Ascensión no es el alejamiento de Dios, sino el cambio de su presencia entre nosotros. Hasta entonces, Dios se hacía presente en Jesús. A partir de ahora mediante el Espíritu y el testimonio de los cristianos. Nosotros, somos de alguna manera, los responsables directos de que Jesús sea creído y aceptado en esta cultura y en este mundo nuestro. Dios se ha fiado de nosotros y nos ha encomendado la tarea misionera. Jesús se retira para que tengamos un crecimiento adulto y responsable; esto se puede ilustrar con el ejemplo del océano que al retirarse deja visible un desierto o una playa preciosa.

Si “fuera de Dios no hay salvación”, “fuera del mundo tampoco hay salvación”.

La teología de la liberación contrapondrá el lema tácito de nuestro mundo neoliberal “fuera del mercado no hay salvación” por este otro: “fuera de los pobres no hay salvación”. Nuestra manera de ir al cielo es a través de una relación adecuada con la tierra. El concilio nos recuerda que: “La espera de una nueva tierra no debe amortiguar sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta tierra”.

El esperante cristiano es un operante. E. Bloch pone de manifiesto la vinculación entre religión y esperanza indicando que donde aquella se hace presente siempre hay esperanza. Marcuse nos advierte de evitar caer en una esperanza facilona con estas palabras: “La esperanza sólo se la merecen los que caminan “. Podemos añadir que la esperanza cristiana sólo se la merecen los que caminan tras los pasos de Jesús. Quien no hace nada por cambiar este mundo no cree en otro mejor. Quien no hace nada por cambiar la tierra no cree en el cielo.

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