Vaya donde vaya percibo claramente el desánimo y la desesperanza que se traduce en la queja, en la mirada que refleja la tristeza porque ese otro mundo posible, urgente y cada vez más necesario se aleja y el reino de Dios se oscurece.

Escuchamos que nos sentimos perdidos, que no encontramos el camino que nos permita revertir a los que defienden las injusticias, la destrucción del planeta, el empobrecimiento, la violencia y la guerra. Estamos en conflicto con los enarbolan la bandera del egoísmo, del enfrentamiento, del odio contra los diferentes y los que defienden el mundo dividido y excluyente. Un conflicto que arranca de la defensa de la dignidad de cada persona como defendió el papa León en su viaje a España.

Una de las realidades que más nos preocupa y nos duele es el hecho que personas trabajadoras, muchas de ellas en una situación de precariedad, personas sencillas, personas que nos llegan a final de mes apoyen con el voto a los que atentan contra su bienestar y dejan sin futuro a sus propios hijos e hijas. Además del voto, son actores importantes para difundir ese mensaje, sobre todo, que criminaliza a los empobrecidos y a las personas que hacen de la vida una expresión de amor, fraternidad, comunión entre todos los seres sin excepción alguna y abrazo con la naturaleza.

Tenemos que reconocer que vivimos en un tiempo donde la maldad tiene una gran fuerza configurando nuestra forma de pensar, sentir y ver a los demás desde el binomio persona amiga o enemiga. Tenemos muchas dificultades para llegar a ellas y nos sentimos desconcertados y perdidos con las redes sociales.

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