Violencia de género en España
Evaristo Villar
La incomodidad como punto de partida

No soy mujer. Escribo desde el lado que no pone el cuerpo en la mayoría de las agresiones, pero sí el contexto que las hace posibles. A finales de enero de 2026, España ha confirmado cuatro mujeres asesinadas por violencia de género, según la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género; otros fallecimientos están bajo investigación y no computan aún en el registro oficial. Desde 2003, el total asciende a 1.346 víctimas confirmadas. Las cifras se mueven despacio; el dolor, no.
Escribo porque la neutralidad masculina ya no es una posición ética. Porque enero —otra vez enero— nos vuelve a colocar ante un espejo incómodo. Y porque callar, a estas alturas, es tomar partido.

1. Las cifras no tiemblan. Ellas, sí.

Los números sirven para gobernar políticas; no para comprender el miedo. Cuatro mujeres en apenas un mes no parecen “muchas” cuando se comparan con otros contextos. De hecho, España suele situarse en la franja media-baja europea en tasas de homicidio de pareja. El problema es ese “suele” que convierte la excepción en rutina y el crimen en estadística.
A escala global, 50.000 mujeres y niñas murieron en 2024 a manos de sus parejas o familiares: una cada diez minutos. Europa está por debajo de la media mundial; España, por debajo de algunos países europeos. ¿Conclusión? Ninguna que consuele. La comparación no devuelve la vida ni reduce la responsabilidad.
Como hombre, me inquieta lo que las cifras esconden: la autoría abrumadoramente masculina. No son monstruos mitológicos, sino hombres socializados —como yo— en una cultura que durante siglos ha confundido amor con posesión y autoridad con dominio. Cuando decimos “son casos aislados”, separamos el síntoma para no mirar la verdadera causa.
Las cifras no tiemblan. Ellas, sí: antes de denunciar, durante la espera de una orden de protección, al volver a casa, al intentar irse. Y cuando el sistema falla —porque falla—, el número sube y el temblor se apaga para siempre.

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