EL PAÍS
Manuel Jabois
17 SEPT 2026 – 05:30 CEST
Enero de 2006. El Nobel de Literatura José Saramago y el teólogo Juan José Tamayo salen juntos del Hotel Los Seises de Sevilla. A las nueve en punto pasan delante de la Giralda y empiezan a repicar las campanas.
–Tocan las campanas porque pasa un teólogo –murmuró Saramago.
–No –respondió Tamayo–, tocan las campanas porque un ateo confeso y convicto está a punto de convertirse al cristianismo.
–Ah, de eso nada. Ateo he nacido, ateo he vivido y ateo moriré, y lo podrás comprobar porque eres mucho más joven que yo.
Tamayo replicó con una definición de Dios: “Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese universo”. Saramago saltó como un resorte: “¡Esa definición es mía!”.
–Por eso la he citado. Y esa definición está más cerca de un místico que de un ateo. O quizá místicos y ateos tienen más relación de lo que parece. No se olvide de que el gran místico Maestro Eckhart define a Dios como “la Nada” y Juan de la Cruz dice que a Dios se le encuentra en el vacío y la desnudez.
“La conversación duró apenas dos minutos. Son testigos Pilar del Río y la pintora Sofía Gandarías”, concluye Juan José Tamayo (Amusco, Palencia, 79 años), una de las figuras más relevantes de la teología contemporánea en lengua española, autor de más de 50 libros —también articulista de medios como EL PAÍS— y de expediente académico abrumador, como abrumadoras han sido sus disputas con el Vaticano y la Iglesia española. “No es posible ser teólogo sin ser heterodoxo”, escribe a este periodista después de la entrevista. “Lo decía el filósofo de la esperanza alemán Ernst Bloch: ‘Lo mejor de las religiones es que crean herejes’ y antes Pablo de Tarso: ‘Conviene que haya disensiones para que resplandezca la verdad’.