27 de Septiembre de 2026
Evangelio según MATEO 21, 28-32
-A ver, ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero diciéndole: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña».
Le contestó:
«No quiero». Pero después sintió remordimiento y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo.
Este contestó:
«Por supuesto, señor». Pero no fue.
¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?
Contestaron ellos:
«El primero».
Jesús les dijo:
-Os aseguro que los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el Reino de Dios. Porque Juan os enseñó el camino para ser justos y no le creísteis; en cambio, los recaudadores y prostitutas le creyeron. Pero vosotros, ni aún después de ver aquello habéis sentido remordimiento ni le habéis creído.
Los últimos serán los primeros
Jesús conoció una sociedad dividida por barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto; personas «puras» con las que se puede tratar y personas «impuras» a las que hay que evitar; «prójimos» a los que se debe amar y «no prójimos» a los que se puede abandonar; personas «justas» y hombres y mujeres «pecadores».
La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la postura de los grupos fariseos, que evitan todo contacto con impuros y pecadores.
Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Busca salvar «lo que está perdido». Con insistencia provocativa va repitiendo que «los últimos serán los primeros», y que los recaudadores y las prostitutas van por delante de los escribas y sacerdotes en el camino del reino de Dios.
¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, emigrantes y todos los que forman el desecho de la sociedad pueden ser ante Dios los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas y los heroinómanos pueden preceder a no pocos eclesiásticos de vida intachable? Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y rechazados, tenéis que saber que el Dios que se vislumbra en Jesús sigue siendo realmente vuestro amigo. Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más profundo de vuestra humillación no estáis abandonados. No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.