Fernando Bermúdez

Hace más de 3.000 años en el Sinaí sonó un misterioso mandamiento: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Y otro: “No matarás”. Mandamientos reconocidos por las religiones monoteístas. Sin embargo, el fanatismo religioso con frecuencia cae en la tentación de utilizar el nombre de Dios para agredir y justificar la violencia y la guerra.
A lo largo de la historia se ha utilizado el nombre de Dios para destruir al adversario. Ahí tenemos las cruzadas, las conquistas y reconquistas, las guerras de religión, la inquisición… En España fuimos testigos de la bendición por parte de la jerarquía católica de la guerra civil, surgida de un golpe de estado, calificándola de Cruzada.

Asimismo, los ayatolas en Irán y grupos yihadistas invocan a Alá Dios para salir ganadores en el conflicto. Y en Israel, su primer ministro Benjamín Netanyahu, utiliza textos bíblicos para justificar el criminal genocidio en Gaza y los bombardeos en Líbano. Y para colmo, aquí en España, muchos dirigentes políticos de la derecha, llamándose católicos, justifican las masacres de Israel o al menos no las condenan. ¿Qué Dios es éste, que es utilizado por unos y por otros? ¿A quiénes escuchará Dios?, ¿de parte de quien está?

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