Sales de tu casa en dirección a un domicilio donde una familia te espera porque tiene ese día su desahucio y no tienen adónde ir, no tienen una alternativa habitacional y ni siquiera saben qué hacer con sus muebles, no tienen ningún lugar donde llevarlos. A primera hora te llaman con voz temblorosa para preguntarnos si vamos a ir, ¿pero vais a venir? Aunque le dijimos que estaríamos en su casa necesitan la confirmación.

Cuando llegamos, lo primero que te preguntan, con total desesperación, si se parará el desahucio, dónde irán si los echan a la calle, dónde pueden llevar sus pertenencias. Toda una vida rota y a la hora señalada del desahucio llega el momento de caer en el vacío. Es la imagen del miedo, de la desesperación, del fracaso, de la auto culpabilización porque tomaron algunas decisiones que en ese momento pensaron que eran buenas, que no tendrían consecuencias negativas, que la vida les sonreía. Te dicen que no han hecho nada malo en la vida para que los dejen en la calle. Sienten la soledad porque sienten el abandono de la sociedad y de la Administración pública.

Llegas a esa casa y ves los rostros de miradas vacías, de no entender nada, de que no es posible que el juzgado los eche a la calle apoyados por las fuerzas de orden público. Hay una sentencia de desahucio porque una entidad financiera o un fondo de inversión, llamados “buitres”, tocaron el botón de la demanda y todo se pone en marcha, sabiendo que el final es inhumano, si no hay un acuerdo razonable.

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