15 de Febrero de 2026
Evangelio según MATEO 5, 17-38
Os han enseñado que se mandó a los antiguos: «No matarás (Ex 20,13), y si uno mata será condenado por el tribunal». Pues yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será condenado por el tribunal; el que lo insulte será condenado por el Consejo; el que lo llame renegado será condenado al fuego del quemadero.
En consecuencia, si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda.
Busca un arreglo con el que te pone pleito, cuanto antes, mientras vais todavía de camino; no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuarto.
Os han enseñado que se mandó: «No cometerás adulterio» (Éx 24,14). Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior.
Y si tu ojo derecho te pone en peligro, sácatelo y tíralo; más te conviene perder un miembro que ser echado entero en el fuego. Y si tu mano derecha te pone en peligro, córtatela y tírala; más te conviene perder un miembro que ir a parar entero al fuego…
Ser ciudadano del reino de Dios.
La práctica del sermón del monte supone el cambio radical de obediencia de los antiguos mandamientos de la ley. Ahora habrá que seguir esos «mandamientos mínimos.» (v. 1.9), despreciables para muchos, que son las bienaventuranzas. Esta mentalidad distinta está amasada en la fidelidad, en la certeza del valor nuevo que supone el Evangelio para la vida de los creyentes.
Mateo presenta a Jesús como nuevo intérprete de la ley y los profetas, tratando de conciliar las diversas tendencias existentes en su comunidad, proponiendo una alternativa a la interpretación restrictiva de los fariseos, que eran la corriente dominante del judaísmo en aquel momento.
Según los fariseos, el hombre debía practicar las obras buenas que le hacen justo ante Dios y le alcanzan salvación. De esa forma, las buenas obras eran como el pasaporte o salvoconducto para que Dios concediera Su salvación. Jesús, sin embargo, desenmascara ese fundamento de las obras buenas, pues, en ese caso, la salvación ya no es gratuita y, lo más grave, es que Dios ya no es el Absoluto, sino que está sujeto a la decisión del hombre de exigir, mediante las obras buenas, el premio de Dios.
Por eso mismo, si desea realmente hacer vida de este plan del Evangelio, ha de volverse hacia el Dios que, con su gracia, es capaz de hacer la maravilla de reconstruir lo humano, de otorgar un nuevo sentido a la realidad y de hacer crecer en el interior de la persona las posibilidades de vida que hagan viable esta nueva manera de ser ciudadano del reino de Dios.
