José Miguel Gambín, sacerdote con experiencia en Malí, narra la acogida de refugiados malienses en Badajoz. Subraya que su migración es consecuencia de conflictos bélicos que han devastado su país. El autor critica las políticas occidentales y el neocolonialismo como el verdadero «efecto llamada», defendiendo el derecho de asilo bajo la Convención de Ginebra. Ante la crisis humanitaria, enfatiza el compromiso cristiano de apoyar a los más vulnerables.
Santo Ángel, septiembre 2026 | José Miguel Gambín.
Hace unos días vino a verme una señora acompañada de un joven africano. La señora me explicó que ha encontrado al chico en la calle, pues no tenía a dónde ir, por eso venía a verme, pues había oído decir que en la Parroquia acogemos a personas sin hogar.
Yo me dirigí al joven, y resultó ser maliense, por lo que me puse a hablar con él en lengua bambara, hablada por la gran mayoría de malienses. Eso le animó, y me contó que estaba trabajando sin papeles en Almería, pero había venido a Badajoz a retirar de la policía su tarjeta de residencia provisional.
Convención de Ginebra y derecho de asilo en España
Malí está considerado como zona en conflicto, por lo que los originarios de ese país se acogen al derecho internacional, concretamente a la convención de Ginebra de 1951, y al artículo 13.4 de la constitución española, que se desarrolló en la ley 12/2009. No es un capricho del actual gobierno, sino algo que está sólidamente justificado en la legislación vigente. Lo digo por salir al paso de los bulos que aparecen para pasto de incautos, que no se molestan en verificar informaciones, no sea que vayan en contra de sus prejuicios.
Siguiendo con la narración, el joven me explicaba que estaría unos días en Badajoz, y que no tenía dónde alojarse. Necesitaba un lugar para pernoctar, esos días, y después regresaría a Almería. Siendo para dos o tres días, el problema era fácil de resolver. Durante ese tiempo, se alojaban en locales de la parroquia un grupo de unos doce malienses, a los que ofrecimos cobijo cuando empezó la ola de frío, ante la pasividad de las administraciones públicas, que se han lavado las manos en los asuntos que conciernen a los más vulnerables.